Febrero y Marzo acarrean el inicio del año político con una enorme agenda antiobrera del gobierno de Javier Milei y Victoria Villarruel, la cual incluye la Ley de Glaciares, la Reforma Laboral y todo el paquete legislativo que anunció el presidente durante la apertura de las sesiones ordinarias en el Congreso Nacional.
Estos puntos programáticos que intenta impulsar el gobierno se dan en un contexto político de envalentonamiento ideológico que viene arrasando con victorias y derechos conquistados hace décadas, sin una respuesta contundente de parte de nuestra clase, más allá de las necesarias movilizaciones y la resistencia popular, que, a diferencia de lo que sucedió durante la Reforma Previsional de Macri, no lograron torcerle el brazo al gobierno y al parlamento como sí ocurrió en 2017. Su avance se da por una variedad de motivos. En primer lugar, porque no hay constituida una oposición obrera; la falsa oposición existente es colaboracionista con el oficialismo, ya que sin los votos del peronismo el gobierno no tenía aprobada la Reforma Laboral. Milei, en alianza con la socialdemocracia peronista, negocia la caja con las provincias dirigidas por ésta para que sus diputados, a cambio, levanten la mano en contra de los trabajadores argentinos, y, como la oposición obrera no pudo constituirse en estos más de 2 años de gobierno, nuestra clase se encuentra sin una referencia real para enfrentar a este gobierno antiobrero y antipopular. Por otro lado, ante el fracaso rotundo del gobierno socialdemócrata de Alberto Fernández y Cristina Fernández de Kirchner (2019-2023), parte de la clase obrera se encuentra desilusionada y deposita su poca confianza en el gobierno actual, el cual supuestamente vino a ser lo opuesto que el anterior, aunque cada día el aumento de la carestía de vida y las condiciones paupérrimas a las que estamos expuestos los trabajadores resquebraja la esperanza de una parte del pueblo en Milei y su banda de usureros y represores.
Este año político empieza no sólo con las medidas que mencionamos anteriormente, también comienza con el cierre de FATE dejando a casi 1.000 trabajadores en la calle, con Lácteos Verónica paralizada adeudando salarios a 700 trabajadores, con más de 90 despidos en Dr Ahorro, el cierre total de La Suipachense, y así podemos seguir nombrando la masacre social y económica a la que nos está empujando el programa de este gobierno. La falsa baja de inflación, que hasta desde el gobierno no saben cómo hacer para dibujar los números y las mediciones; los tarifazos en el transporte; el cierre indiscriminado de empresas y el gran aumento de desocupados y trabajadores empujados a ser Rappi o Uber o hacer changas porque no consiguen un trabajo formal; nos demuestran que este plan económico tiene los días contados. No hay país que pueda mantenerse en pie con un ajuste tan salvaje, con una caída brutal del consumo y con unos salarios tan míseros en los bolsillos de los trabajadores. Ahora queda preguntarnos si nos desligamos y dejamos que la burguesía arregle entre sus facciones la salida de este programa económico en cuanto se torne insostenible, o si formamos una verdadera oposición de la clase trabajadora para tirar abajo este plan, que no es otro más que el plan de los monopolios, para construir nuestro propio camino emancipador.
La ruta para la construcción de la oposición obrera consiste principalmente en sacarnos el lastre de la socialdemocracia de las filas del movimiento obrero, cuyo objetivo es poner a la clase trabajadora en una situación pasiva ante la ofensiva patronal encabezada por Milei. Ésta es una tarea urgente, la desconfianza debe ir direccionada a todas las facciones de la burguesía: al peronismo, al radicalismo, a los libertarios y a los conservadores; ninguno puede proporcionar una salida a favor de nuestros intereses, todos defienden el mismo modo de producción y explotación que nos ha llevado a lo largo de todos estos años a la miseria en la cual estamos viviendo.
Por otro lado, el camino de la construcción opositora se debe enmarcar en un programa y un plan de la clase obrera basado en la organización de una Coordinadora de Luchas que pueda darle otro carácter a los conflictos que se están desatando, mismo a la espontaneidad de las respuestas y la resistencia popular, una Coordinadora que agrupe a los distintos sectores en lucha y que pueda responder de una manera contundente presentando un frente unificado que impida al gobierno pasar todas las leyes que se propongan.
El pacifismo como decisión política es una nueva adaptación al régimen que, escondido bajo el discurso de “no dan la correlación de fuerzas”, intenta institucionalizar y regular los procesos eliminando todo elemento combativo y disruptivo a las protestas sociales, mismo objetivo que tiene el gobierno de Milei-Villarruel. Las protestas populares no pueden entender ni adaptarse a las leyes burguesas, porque le pertenecen al pueblo, a los trabajadores y estudiantes y a sus intereses de clase antagónicos con los de la patronal “nacional” e internacional. Desde este lugar se debe comprender que debemos romper con todos los monopolios, incluyendo el de la violencia, y difundir la legitimidad de las acciones populares en defensa de los trabajadores argentinos, que son la única forma de enfrentarse a los palos, gases, balas y escudos que las fuerzas represivas del Estado utilizan para callar las voces y acciones de nuestra clase. El capital y el Estado no comprenden el idioma del diálogo, los acuerdos y el debate, no entiende los puntos medios ni el beneficio mutuo, sino que siempre, de forma inherente, buscará mantenerse a toda costa, incluso a costa de la vida de los trabajadores, el único lenguaje que puede modificar este status es el de la violencia, el de la violencia obrera que tiene una legitimidad histórica e innegable; la violencia es el corazón y el instrumento de las revoluciones y el progreso humano; la violencia obrera es el único camino que nos deja el capitalismo, el cual, incluso, en su forma más “democrática” y liberal sigue manteniendo la dictadura del capital. No hay nada más democrático que luchar, y luchar al igual que la justicia es un acto de violencia.
Por último, hay que recuperar los métodos históricos de nuestra clase. No podemos dejar de lado la respuesta y la resistencia, no podemos adaptarnos a que la solución vendrá de los diputados y senadores, no se debe depositar la confianza en las leyes que ellos mismos armaron y las reglas que ellos mismo crearon, porque es con la fuerza de los trabajadores, con nuestra potencialidad de combate, que podemos torcer el destino. Esta fuerza radica en nuestras raíces de clase, somos la única clase social que, con nuestros métodos y con la violencia popular en caso que sea necesario, puede dar vuelta esta situación, puede generar las transformaciones necesarias para lograr un futuro sin las penurias a las que nos están condenando.
